Con ley o sin ley de garantías, la política en Colombia se ha mercantilizado, y en el libre mercado, la única ley que impera es la de la oferta y la demanda.
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Opinión El Satélite
Domingo 05-04-15
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Derogar la ley de garantías electorales es como casar a la hija que ha sido reiteradamente violada para que de ahí en adelante pueda seguir haciendo lo mismo pero ya bajo el manto de la legalidad.
Esa ley de garantías no ha servido para absolutamente nada: corrijo, para avanzar en el grado y diversidad de la corrupción que carcome al país, pues, los ordenadores del gasto, cuando la tal ley de garantías electorales entra en vigencia se dan sus mañas: 1) O ya tienen todos los contratos asignados y firmados o, 2) los preasignan y firman una vez pasados los comicios, mirando bien que el “beneficiado” haya cumplido con el correspondiente compromiso electoral.
Realmente no se entiende para qué salió el presidente Santos con el cuento de derogar la ley de garantías. Concediéndole el beneficio de la buena fe guardada, puede pensarse que lo hizo para atenuar un poco la etapa recesiva que se abate sobre la economía nacional este año (“etapa de transición le dice el genial ministro de Hacienda, Mauricio Cárdenas); y conociendo al Presidente, también puede ser para reforzar la mermelada con la que espera embadurnar a los candidatos a alcaldes y gobernadores; asambleas y concejos, con el fin de contrarrestar el avance del Centro Democrático que ya le ganó la presidencia en la primera vuelta, y como en elecciones locales no hay segunda vuelta, entonces lo mejor es curarse en salud de entrada.
En un país tan corrompido como Colombia, permitir es más sano que prohibir. Si la susodicha ley no ha servido para nada, suprímase, y así, al menos, no seguimos pecando.
En antes se decía que todo lo que no sirve estorba. Todas esas normas y leyes que nos pasamos por la faja, ¡mandémoslas al carajo! Tal vez así, quién quita, podamos empezar a construir un nuevo país porque este que tenemos no sirve, no al menos para alentar la esperanza de un mejor mañana que late en el pecho de la inmensa mayoría de los colombianos.
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