POEMA A LA MONARQUÍA

POEMA A LA MONARQUÍA

Por: Xarlo@aol.com

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En un anciano país existió una  monarquía , que comenzó en democracia y terminó en anarquía.

En aquel  reino reinaba una curiosa familia: un Borbón de nuevo cuño y una griega  algo engreída que engendraron dos princesas y un príncipe en  demasía por cumplir con la ley Sálica que consagraba la hombría.

La  cosa empezó a torcerse  con las bodas de las hijas, algo ligeras de  cascos y de moral distraída.

La mayor, que era algo lela, pasó por  la vicaría con un noble también lelo en la ciudad de Sevilla.

Al poco  tiempo parió un querubín de revista que devino en gamberrete  con escasa  puntería.

La segunda, buena jaca, se cameló a un deportista, que  dejó a su antigua novia y se encoñó con la niña.

De jaca pasó a  coneja y cada año paría urdangarines de pro chupones de  dinastía.

Y el principito heredero, cortejador de coristas,  cayó  por fin en el cebo de una artera periodista, divorciada y con más  mañas que la puta Celestina; pero falló en la preñez por seguir la  dinastía pues en lugar de un varón paría niña tras niña.

Pero  empiezan los problemas y la cosa se complica por culpa de estos  gañanes que de nobleza, ni pizca.

El noble rancio de  Soria, Bermudas y en zapatillas, paseaba por Serrano cual jocunda  modistilla;  circulaba en patinete con ignorante osadía saltándose a la  torera direcciones prohibidas.

Y el Borbón mandó parar, se acabó la  algarabía, suspendió la convivencia y se cargó una familia.

El  chico del balonmano, modelo de deportistas, se convirtió en un  truhán, en un vulgar chantajista que siendo duque de Palma, tuvo la  necia osadía de estafar unos millones en tan reputada isla.

Y el  Borbón mandó parar, porque al duque sugería que se marchase del reino a ocultar sus fechorías.

La justicia que no es lerda, apeló a su  señoría, y es fácil que al señorito Le caigan ciento y un días.

El  príncipe, mientras tanto, afronta esta travesía sin saber que el gran  patrón prepara una felonía.

Sin encomendarse a nadie se ha ido de  cacería a la sabana africana, solito y sin la Sofía, sabiendo que a la  llegada le esperaba mis Corina, rubia y jacarandosa, cortesana la más  fina.

A la mañana siguiente salieron de cacería, cacería de  elefantes, que es una cosa muy fina.

Parece ser que cobraron  colmillos  de gran valía, y a celebrarlo montaron una generosa orgía.

El  Borbón de las narices como un cosaco bebía, y apañó tan regia  trompa que salió con alegría no a por rudos elefantes sino a trincarse  a Corina que lo esperaba anhelante tras las leves celosías del bungalow  colindante.

Como al pendejo le ardía la cosa entre la  entrepierna, pensando que ya subía al catre de aquella fiera, aceleró  por la prisa y tropezó en un tablón y tropezó de tal guisa que se  crujió la cadera y se le aflojó la picha.

Al monarca,  trastornado, llevan a la enfermería, y al ver que es cosa muy  seria llaman a Cancillería para repatriar al bobo y salvar la  Monarquía.

Corina, desconsolada, triste, sola y compungida, se  consoló con un negro, muy bien armado y sin prisas.

Mientras, la  consorte griega  celebra Pascua Florida blasfemando porque el Rey la  cuernea con Corina.

Esta es la historia, señores, del reino de  Picardía, donde los nobles y reyes ejercen con alegría un papel  desvergonzado las más torpes tropelías, mientras el pueblo se jode y no  le encuentra salida a los más duros problemas de su aperreada  vida.