El extornero brasileño que se convirtió en presidente con el nombre de Luiz Ignacio Lula da Silva, sabe bien que “guerra avisada no mata soldado”.
Tras salir del juzgado de Curitiba a donde fue conducido coercitivamente por orden del juez, Sergio Moro, que lo vincula al escándalo de corrupción de Petrobras, Lula se dirigió al comando central del Partido de los Trabajadores (PT) y, en encendido discurso, prácticamente abrió su campaña por la presidencia en las elecciones del 2018.
En su desesperación, la derecha brasileña y continental por menguar su imagen e inhabilitar su retorno al poder, han empujado al aguerrido obrero a un punto de no retorno.
Lo que sigue es previsible: la unión de toda la parafernalia derechista: sectores del Poder Judicial, de la Policía Federal, los grandes medios de comunicación privados, en campaña total en contra de Lula.
Brasil viene a ser ahora el último bastión de la izquierda en el poder. Si cae en el 2018 en poder nuevamente de la derecha, será la lápida sobre la tumba de todo lo que se ha conocido como “el socialismo del siglo XXI.
La misión de los medios de comunicación social no es la de ser pregoneros del gobierno de turno sino críticos de su gestión y auténticos voceros de la opinión popular que resulta ser la más indefensa del poder establecido
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