Horacio Serpa

06.02.2013 05:23

Carta pública a don Hernán Peláez
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Apreciado  Hernán:
Supe por la revista Semana de su cumpleaños número setenta, celebrado
en el calor de su familia y de sus amigos. Lo felicito. Llega usted a
esa edad en buen estado de salud y con el goce pleno de las facultades
intelectuales, como lo sabemos los fanáticos del fútbol y los
admiradores de La Luciérnaga.
De su obra y milagros sabemos los colombianos por su trayectoria en el
periodismo, por Caracol y por el libro que publicó Edgar Artunduaga,
que leí con satisfacción.
Le escribo porque también entré al círculo de los setentones. Es
realmente satisfactorio. Son pocos los que de niños  oyeron hablar de
Pedernera,  Diestéfano, Rossi, Julio Cossi y escucharon las hazañas
del Real Madrid hace más de medio siglo. Los muchachos de entonces
gozamos las narraciones deportivas de Carlos Arturo Rueda, a quien no
hemos olvidado, como a usted lo recordarán con alegría los amigos del
fútbol durante el resto del siglo.
Le confieso que tenía mucho miedo de llegar a los setenta. Semanas
antes fui a un chequeo médico ejecutivo del que salí entre  contento y
turulato pues los médicos me dijeron, sobre las dolencias y síntomas
que les conté: “no se preocupe, a su edad es natural”. Medio conforme
e intrigado les pregunté si me formulaban algún medicamento y me
contestaron que “todavía no se ha inventado nada apropiado, pero le
informaremos si se descubre algo novedoso”.
Volví a la carga preguntándoles si podía seguir tomando omega 3,
espirulina, uña de gato, ginseng, ginkgo bilova, centrum, palmeto y
CQ-10, comprados a escondidas de Rosita en un reciente viaje a Miami:
“No sirven para nada, pero si lo hace feliz siga consumiéndolos”, me
contestaron.
Motivos de alegría, muchos. En los circos y museos solo se paga la
mitad del precio de entrada; no nos dan pase para conducir y así
evitamos accidentes; las señoritas nos ceden la silla en el bus; no
hay que hacer colas ni siquiera el día de las elecciones porque la
mayoría de los del censo electoral ya no son de este mundo.
Cuando comentan algo desagradable decimos que no escuchamos; si nos
preguntan por cosas del pasado podemos explicar que no nos acordamos;
hay ascensores exclusivos para niños, discapacitados y ancianos; nos
podemos salir de las conferencias cansonas y nadie dice nada. Y ahora
ya es de recibo hablar, en las reuniones sociales y políticas, de las
aventuras y desventuras de la próstata.
Llegar a estas alturas es un privilegio. Desdichados los jóvenes y de
malas los que no puedan pasar de los cincuenta. De la que se van a
perder. Especialmente los políticos, porque solo en la cuarta edad se
puede decir con satisfacción que no se tienen críticos ni
malquerientes. Como en el cuento de la viejita a la cual el Sacerdote,
diciendo el sermón del perdón, le preguntó si tenía enemigos, a lo que
respondió: “Ni uno solo, Su Reverencia; afortunadamente ya se murieron
todos esos ‘hijuepuercas’”.

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Tomada de El Nuevo Siglo

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