Temor reverencial

20.10.2010 08:02

     La banca infunde un respeto universal, tanto entre la gente de pata al suelo como entre los de mocasines de charol.

Javier Alvear Sanín, es un veterano columnista del diario El Mundo de Medellín. Hoy hace un relato de un viacrucis de un cliente en un banco, pero se abstiene de mencionar el nombre del banco, “para no dañar su imagen”, se estaría diciendo.

El caso es que este pobre cliente, identificado tan sólo por la sigla C.O.M., “distinguido profesional residente en Bogotá”, dice el columnista, le sustrajeron de su cuenta cerca de 5 millones de pesos, y no ha habido “Dios posible” que le ayude a resolver el misterio: ni el banco, ni mucho menos, por supuesto, el pomposamente llamado “defensor del cliente” que debe tener todo banco y que, al sufragar sus honorarios, pues, el tal defensor lo que hace es defender al banco y no al cliente, cosas del submundo de Subuso en Colombia.

C.O.M. ha pasado también por la Superintendencia Financiera en donde le informaron que tampoco podían hacer nada porque la operación “había sido correctamente exitosa”. Lo último que le queda es acudir a la Fiscalía en demanda contra el banco, pero en el proceso, el cliente tiene que demostrar que en el banco le robaron la plata. Es lo que los abogados llaman “la carga de la prueba” que recae sobre “este humilde pechito”, como dicen por ahí, y no sobre ese ostentoso musculo del sector financiero que no sólo opera con la plata ajena sino que cuando se le pierde, ha sabido muy bien, como también dicen los expertos, “socializar las pérdidas y privatizar las ganancias”.

La denuncia de Alvear Sanín resulta oportuna, porque viene a ser un ejemplo patético del pódium de las deshonras de Colombia que, no obstante tener apenas una penetración del 30 por ciento de su población en Internet, alcanza el segundo lugar en el mundo en fraudes electrónicos.

El columnista de El Mundo afirma que (…) “Es bien conocida la operación de una mafia que cancela cuentas de algunas personas con transferencias electrónicas fraudulentas. Estas personas les reconocen a los delincuentes el 50% de la suma”.

Aparte de modernizar sus plataformas informáticas, la solución perfecta sería invertir la carga de la prueba entre el banco y sus clientes. Es decir, que ante un reclamo como este, u otro, fuera el banco el que tuviera que demostrar su inocencia y no el cliente, con lo que todas las diligencias y costes dentro del proceso recayeran sobre el acusado y no sobre el acusador, que es el caso actual.

Y empecemos por decirle al pan pan y al vino vino, denunciando con nombre propio a las entidades financieras que por su culpa o sin ella, dejan perder los fondos de sus clientes.