La pensión es para pobres

24.02.2011 05:45

El presidente Santos, antes de ordenarle al ministro de Hacienda retirar del Plan Nacional de Desarrollo el artículo sobre el aumento de la edad para pensión, y de vaciar al vicepresidente Angelino por haber denunciado públicamente este mico sin previo aviso al interior del gobierno, advirtió que de todos modos, más temprano que tarde, el país tiene que darse un debate serio sobre el particular.

A partir de entonces, muy buenos analistas han aportado unos comentarios muy valiosos a tener en cuenta en ese futuro debate: Eduardo Sarmiento en el Espectador: “La inequidad del sistema pensional (http://bit.ly/hfLTEc); José Alvear Sanín en el Mundo, de Medellín: “Pensiones y justicia social” (http://bit.ly/gUo6SZ); Stefano Farné, en El Tiempo: “Una reforma pensional es urgente” y Oscar López Pulecio en El País de Cali: “Viejos sin amparo” (http://bit.ly/iciuAb), entre otros.

Como el Presidente Santos es un vástago más del credo neoliberal (¿quién lo duda?), me late que el debate serio que propone sobre el particular es del mismo corte de los que en los últimos 20 años han llevado a quebrar el Seguro Social como paso inicial para motivar el éxodo masivo de los trabajadores a los fondos privados de pensiones y, en segundo lugar, a retardar la posibilidad de pensión de los pobres que cada vez más se van convirtiendo en “Viejos sin amparo”, como dice uno de los columnistas.

Hemos citado el enlace de las columnas mencionadas porque ellas resumen con autoridad toda la problemática económica, filosófica, política y social del asunto. En esos textos, cualquier persona puede entender sin mayor esfuerzo mental el tamaño del problema que tiene la sociedad del inmediato futuro encima.

Valdría la pena agregar dos cosas:

1) Filosóficamente la pensión fue establecida como solidaridad generacional de los trabajadores de hoy con los trabajadores que van llegando a viejos en condiciones de pobreza. Luego, empleados de altos ingresos no debieran gozar de pensión estatal, pues, se supone que en su vida laboral ganaron lo suficiente con qué vivir tranquilos el resto de sus días: casos como parlamentarios, magistrados, ministros, gerentes, etc. etc. Y lo mismo podría establecerse, análogamente, en el sector privado.

2) Eso de la esperanza de vida es una falacia. Decir que un hombre puede vivir 83 años y la mujer 86, porque unos cuantos ilustres abuelos y abuelas echan canas al calor del hogar, es afirmar con menosprecio  que también puede llegar a viejo el “pobre diablo” que anda, como dice el tango, “semanas enteras, golpeando el cincel”; o una pobre mujer, “quebrando su espinazo”, como también dice otro tango, entre el trabajo y la casa, 18 y 20 horas diarias.

La edad de pensión, entonces, también debiera estimarse con relación a la calidad de vida de la gente que se puede medir fácilmente por su ingreso salarial. Y es tan evidente que sobraría decir nada más.