la historia on line

17.03.2011 05:51

Hace tres meses un joven, Mohammed Bouazizi, cuyo nombre ahora nada nos dice, se prendió fuego frente a la delegación del gobierno en Sidi Bouzid, en el centro de Túnez y ahí fue Troya: con ese acto heroico (“terrorista suicida”, la define en su cuarta acepción el DRAE), se dio comienzo a una revuelta que provocaría la caída del dictador, Zine El Abidine ben Ali, y un efecto mariposa que se extendió por todo el mundo árabe.

Las noticias comenzaron a llegar, y todavía a muchos de nosotros nos cuesta trabajo entender qué pasa en ese mundo que por alguna razón se nos ha mantenido a propósito tan alejado a los habitantes de este lado occidental del mundo que, hasta hace poco, muchos creíamos que era el mejor de los mundos posible, como decía Leibniz para explicar por qué Dios, omnipotente, había creado un mundo con tantos defectos.

Hoy las noticias acaparan principalmente la carnicería humana desatada por el dictador Gadafi en Libia, para retener un poder que le resulta adictivo al cabo de 42 años de subyugar a su pueblo, últimamente con el silencio cómplice de Estados Unidos.

Cuando el tiempo pase, y los longevos dictadores árabes sean un mal recuerdo, este kamikaze tunecino, crecerá con la historia como sigue creciendo entre nosotros el recuerdo, a pesar del tiempo, de héroes como Bolívar y el Che que, como diría Atahualpa Yupanqui,  murieron sólo para volver a nacer.

El mundo árabe dará mucho de qué hablar a partir de Mohammed Bouazizi. Probablemente su inmolación no constituya más que una revuelta sin revolución, porque, a decir verdad, parece más un acto de desesperación que de meditación. Algo así como lo que pasó en Colombia con la metáfora del Florero de Llorente al que le otorgamos todo el poder de la descarga libertadora. Ya los historiadores nos han dicho qué pasó después. Y esa es la historia que empieza a vivirse en el mundo árabe: impredecible, inasible, inimaginable.

De momento, mucho cuento es decir que los esclavizados árabes se han dado cuenta que unos inamovibles dictadores los tenían bajo promesas de redención económica, social y espiritual, en muchos casos, que nunca se cumplieron.

Quizás algún día también nosotros, los del mundo capitalista, empecemos a darnos cuenta que nos tienen bajo las mismas promesas hace más de 200 años, con la diferencia de que aquí no son personas como allá, sino un sistema que bajo la fementida forma llamada democrática renueva a sus representantes de cuando en cuando con el propósito de que la gente se forme la idea de que todo cambió, cuando en el fondo todo sigue igual… Como en la divina comedia, no la del Dante, que sería Divina, sino la de Lampeduza, por el maravilloso parangón que logra entre la imaginación y la realidad.