Escuchemos al gallinazo

12.01.2011 04:04

El pasado 28 de diciembre, día de “Los santos inocentes”, regresó al “Arca de Santos”, el gallinazo del diluvio con información parcial sobre la tragedia.

Según las últimas cifras oficiales, resumidas en su columna por el agudo analista del Polo, Aurelio Suárez Montoya, el invierno dejaba un saldo trágico de 301 muertos, 92 personas heridas, 62 desaparecidas y 2’217.226 afectadas. Por el lado de los estragos materiales, se habían registrado 5.162 viviendas destruidas y 324.624 averiadas. En infraestructura, se informó que uno de cada ocho kilómetros de vías primarias “reportaba puntos críticos” y 2,5 de cada diez de las terciarias estaban “impactados”. La Policía Nacional, en su “Estados de las vías”, por Twitter, indicaba que 53 carreteras estaban cerradas, 254 con paso restringido, 38 puentes vehiculares y 53 peatonales colapsados. En ese momento, 815 instituciones educativas con una capacidad para 320.000 estudiantes, presentaban daños; 300 más habían sido convertidas en albergues temporales para damnificados. Se dijo también que 183 instituciones de salud se encontraban afectadas.

En el sector agropecuario las cosas pintan igualmente un desastre nacional. Al cierre de año, se tenían informes sobre unos 370 mil semovientes muertos, especialmente vacunos, y más de 1’324 mil hectáreas anegadas. A lo anterior se suma la rotura del Canal del Dique.

Frente a este cataclismo invernal, los recursos económicos que se van a requerir son, igualmente, astronómicos: cuatro billones de pesos para las carreteras; la reparación de colegios y escuelas demandarán otros miles de millones aún no cuantificados; la reparación de viviendas, reubicación y edificación de 60 mil unidades nuevas exigirían otros 4,2 billones, sin añadir la “refundación” de municipios, y para el sector agrícola se demanda un billón. Los gobernadores de la Costa, tasaron sus requisitorias en doce billones, incluyendo un plan sobre el Magdalena.

Groso modo, últimamente se habla de por lo menos 20 billones de pesos que tendrán que salir de alguna parte y que, seguramente, saldrán de la parte más débil de la arquitectura fiscal del país: los contribuyentes rasos, porque los ricos y los privilegiados, siempre encuentran la manera de eludir o trasladar sus cargas tributarias a los de abajo.