Carta a un corrupto

08.11.2010 16:50

Ernesto Cortes. 

06/11/10.- 

Se necesita tener muchos hígados como usted para llegar a su casa y darles un beso a sus hijos.

Yo no sé quién es usted. No lo conozco ni me interesa. Pero intuyo su perfil, su forma de actuar, sus buenas maneras -siempre aparentes-; su facilidad de palabra y una habilidad infinita para los negocios que se tejen bajo la mesa de una entidad pública o privada. Da igual.

Usted puede seguir orondo por la vida viendo incrementar sus arcas personales.

O, lo que es peor, las familiares. Usted puede seguir esquilmando al Estado, haciendo que todo se vuelva más costoso; que lo que hoy vale un peso tengamos que pagarlo por tres; usted puede seguir ayudando a dejar niños sin escuelas, calles sin puentes, hospitales sin vacunas, vías sin pavimentar, jóvenes sin universidad, pobreza y desempleo.

¿Acaso sabía que con lo que se quedan usted y los de su clase se les podría dar educación gratis a 4 millones de niños o pagar la nómina de la mitad de los maestros del país o duplicar el presupuesto de Bienestar Familiar cada año?

Claro que lo sabe, son 4 billones de pesos, lo mismo que pagan los bogotanos en impuestos. Usted maneja esas cifras, y mientras engorda sus bolsillos, la plata escasea para lo realmente importante.

Puede hacer todo esto y más en la tranquilidad de que su facilidad para actuar por fuera de la ley lo hará ver siempre como aliado de ella.

Y porque, por lo general, personas como usted suelen comprarlo todo, hasta la conciencia de quienes deberían impartir justicia, mientras los ciudadanos de a pie miran impávidos, desde sus propias angustias, cómo se les pasa la vida tratando de pescar el último peso para llevar a casa.

Pero no se preocupe por eso, faltaba más, eso que llaman 'opinión pública' son simples ciudadanos a quienes el tema de la corrupción ya dejó de preocuparles.

La gente se cansó de escuchar esa palabra y esperar alguna acción de las autoridades.

Y por los políticos, tampoco se afane. Muchos de ellos, cuando no están con usted, fungen como salvadores, adalides de la moral, pero jamás estuvieron ahí para prevenir que usted y sus cómplices se quedaran con parte del presupuesto público gracias a una licitación, un contrato, una palanca, un permiso, una liquidación torcida, una fundación de papel o un simple sello. Fácil.

Alguien me contó que un día cualquiera fue tentado por personas como usted. Sintió lástima del papelón que hizo su interlocutor, al que le sudaba el bozo mientras trataba de ocultar el voluminoso sobre que había puesto sobre el escritorio y que esta persona rechazó casi que apenada, jamás indignada. A eso hemos llegado.

Se necesita tener muchos hígados como usted para llegar a casa y darles un beso y un abrazo a los hijos, compartir sus hazañas y salir al cine o llevarlos al parque sin un asomo de intranquilidad por los negocios turbios que sólo usted conoce.

Usted no tiene que pagar nada, los demás, las personas de bien, sí: pagan la ineficiencia de las entidades; el atraso de las obras; las demoras a las que se someten por cumplir la norma; pagan los sobrecostos y la inequidad.

¿Pero sabe cuál es el costo mayor? La credibilidad en nuestras instituciones, en nuestros dirigentes, que una vez puestos en tela de juicio quedan condenados. Y todos pagamos por la mala imagen de nuestro país o nuestra ciudad. Eso no tiene precio. Eso no lo puede pagar ni siquiera gente como usted. O de pronto sí.

erncor@eltiempo.com.co

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